El mundo según Ysondra

November 9, 2006

Comunicación en la sociedad actual - Democracia Vs. Dictadura

Pergamino publicado en: Un Mundo Feliz

Una de las definiciones de “comunicación” según la RAE es “transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor”.

Pero en realidad la comunicación es mucho más que esto, pues comunicarse no implica únicamente enviar una señal, si no que el receptor la capte y actúe en consecuencia. Que demuestre tener conciencia del mensaje recibido e interactúe, con el emisor y su entorno.

En este sentido, en los últimos tiempos el aspecto que más se ha potenciado por encima de todo ha sido el de convencer al receptor.

Consume. Vota. Persigue. Ataca. Valora. Haz.

Las nuevas tecnologías permiten una mayor explotación de los principales medios de comunicación a menores costes, propagando el mensaje con mayor velocidad, impactando en el mayor número posible de personas. Prensa, radio, teléfono… Pero sobretodo: televisión e internet.

Vivimos en un bombardeo constante de mensajes a los que nos vemos sometidos a través de todos los medios, para conseguir que la población se dirija en un camino u otro.

 

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El fluir de la información en los canales de comunicación, depende mucho de su entorno. Así como el agua fluye libremente y riega mayores extensiones de tierra a más canales y más largo sea su cace, la comunicación fluye en una sociedad libre, alcanzando al máximo número posible de personas.

No obstante, ni la libertad del mayor río del mundo está exenta de peligros, pues precisamente el potencial de su caudal empuja al hombre a construir diques y presas para manipularlo, para controlarlo y decidir hacia dónde dirigir sus aguas, transformando la zona más árida en la más rica y la más favorecida en la más miserable.

En dictadura, toda la información se halla manipulada por el dirigente. Como analiza Huxley en su capítulo V de “Brand New World Revisited”, en una dictadura como la vivida en la Alemania nacionalsocialista, se respiraba en el ambiente que “no se debe discutir con los adversarios. Hay que atacarlos, callarlos a gritos o, si molestan demasiado, liquidarlos”.

En esta realidad existe una única opinión, UN punto de vista. No se puede permitir la divergencia pues ello conduce a la sublevación, al conflicto y en último extremo, a la pérdida del poder. Fue práctica de Adolf Hitler. Fue práctica de Mao Tse-Tung también.

En democracia, la información fluye libremente, o esa es la idílica utopía en la que aspiramos vivir. No hay barreras, no hay controles… Pero la realidad presenta diferencias.

En dictadura la represión proviene directamente del dirigente, del corazón mismo del poder, contrariamente a lo que parece sucede en una sociedad democrática. Pero incluso ésta última tiene sus trampas de araña, sus mecanismos sutiles de control de la información.  No encontraremos un Gobierno que adopte directamente el papel de censurador, pues ello atacaría las bases ideológicas del concepto de democracia, pero en su lugar lo harán las grandes corporaciones, las grandes empresas, cuyos intereses habitan detrás de muchas de las decisiones que –en definitiva- adoptan a veces los dirigentes.

La misión de la prensa, como medio de comunicación que es, es informar y transmitir a la sociedad hechos, para que los ciudadanos puedan crear sus propias opiniones, reflexionen al respecto y actúen en consecuencia.

En una democracia ideal, en la que la libertad de expresión no se viera agredida, esperaríamos que hubiera una diversidad de ideas. Querríamos que se explotara al máximo este medio, y cada partido expresara sus puntos de vista ante la realidad en que se vive, como representantes de la ciudadanía que son.

Por el contrario, bajo una dictadura, sin lugar a dudas la prensa es la simplemente propaganda para adoctrinar unas mentes a las que no se les permite pensar por sí mismas, aunque ahora haya perdido su papel estrella en pro de los medios audiovisuales. Bombardea una y otra vez con las mismas ideas.

Lamentablemente seguimos viviendo en un mundo en el que difícilmente estas cosas suceden en tantas ocasiones como sería deseable, pues los grandes grupos de comunicación monopolizan los medios, y algunos países que llevan colgada en el pecho la medalla de “libertad de expresión” reprimen a sus ciudadanos castigándoles por divulgar cualquier pensamiento que diverja de lo que el Gobierno califica de correcto y veraz.

La única fortuna que produce un cierto regocijo es que quienes vivimos en democracia y tenemos inquietudes por conocer el mundo, gozamos de la oportunidad de recibir un abanico más amplio de información. Otra cosa es que tengamos cataratas, vista cansada u ojo vago.

TTB

November 8, 2006

Second Life llevará “Gran Hermano” al universo virtual

Pergamino publicado en: Un Mundo Feliz

En relación aun con el fantástico mundo de la comunicación y el "entertainment", seguimos con las maravillas de los programas basura. Y no contentos con que polucionen la pequeña pantalla, ahora tenemos ya también nuestra propia versión en internet.

Impresionante.

Después salen las encuestas que les preguntan a nuestros vástagos qué quieren ser en el futuro… Y alegremente confiesan: cantante o concursante de Gran Hermano.

Por amor de Lloth, ¿es que la gente ya no sabe lo que es un libro?. Quizás la cuestión correcta sería: ¿es que alguna vez supieron lo que era eso?

Desde Roma las cosas no han cambiado tanto.

Pan y circo. Fomenta el borreguismo, solo que ahora es: fútbol y "reality show"…

Y por si no se ha percatado nadie del insignificante detalle… Recalco: El premio es una isla virtual… Me ría de la gente que en su día pensó que este artículo sobre la vida virtual (en este caso el impacto de los juegos masivos online, poniendo como ejemplo "World of Warcraft" representaba un mundo quimérico. Pero yo creo que no estamos tan lejos de esa realidad.

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Endemol llevará ‘Gran Hermano’ al universo virtual de ‘Second Life’

Quince personas metidas durante todo un mes en un edificio de cristal con el objetivo de ganar una isla valorada en 1.300 euros. ¿Le parece barata? Pues no es mal premio, porque en realidad la isla, como el edificio de cristal, son virtuales, no existirán más que en el universo virtual más popular del momento, Second Life.

Endemol ha anunciado que el próximo Gran Hermano se jugará en la Red. La productora holandesa se ha decidido poner un pie en el mundo virtual de Second Life, un juego en línea que ya cuenta con más de un millón de usuarios registrados. Endemol busca a 15 de ellos, que deberán competir durante un mes en una casa transparente que se construirá para el concurso.

El premio será una isla virtual valorada en más de 1.300 euros, una de las posesiones más preciadas de Second Life. Para hacerse con ella los concursantes deberán pasar al menos ocho horas al día durante un mes en un edificio de cristal.

El concurso, que se llamará ‘Gran Hermano Second Life’, representa "una fantástica oportunidad para reunir conocimientos sobre el mundo virtual", según el director general de Endemol Holanda, Paul Romer, que adelanta que en el futuro utilizarán "esta experiencia para desarrollar contenidos específicos para comunidades online".

Second Life es un espacio digital en tres dimensiones al que uno se puede conectar por Internet para disfrutar de una vida paralela. El jugador se representa en el mundo virtual por un avatar, un personaje en 3D al que se puede dar el aspecto que se quiera.

Y después, a vivir. En Second Life existen edificios y caminos, hogares, tiendas… Negocios y actividades de ocio pueden llevarse a cabo en este mundo virtual en el que ya han abierto sus puertas empresas reales como Toyota, Adidas, Sony o la agencia Reuters, que tiene una redacción desde la que informa a los jugadores sobre lo que sucede en este particular mundo y en el real.

November 7, 2006

Propaganda in a Democratic Society

Pergamino publicado en: Un Mundo Feliz

Continuando con la información para el mismo trabajo de "Comunicación 1", otra lectura adicional. 

 

PROPAGANDA IN A DEMOCRATIC SOCIETY

 

Brand New World Revisited, Chapter IV
by Aldous Huxley 

            "The doctrines of Europe," Jefferson wrote, "were that men in numerous associations cannot be restrained within the limits of order and justice, except by forces physical and moral wielded over them by authorities independent of their will. . . . We (the founders of the new American democracy) believe that man was a rational animal, endowed by nature with rights, and with an innate sense of justice, and that he could be restrained from wrong, and protected in right, by mod­erate powers, confided to persons of his own choice and held to their duties by dependence on his own will." To post-Freudian ears, this kind of language seems touchingly quaint and ingenuous. Human beings are a good deal less rational and innately just than the optimists of the eighteenth century supposed. On the other hand they are neither so morally blind nor so hopelessly unreasonable as the pessimists of the twentieth would have us believe. In spite of the Id and the Un­conscious, in spite of endemic neurosis and the prev­alence of low IQ’s, most men and women are probably decent enough and sensible enough to be trusted with the direction of their own destinies.

            Democratic institutions are devices for reconciling social order with individual freedom and initiative, and for making the immediate power of a country’s rulers subject to the ultimate power of the ruled. The fact that, in Western Europe and America, these de­vices have worked, all things considered, not too badly is proof enough that the eighteenth-century optimists were not entirely wrong. Given a fair chance, human beings can govern themselves, and govern themselves better, though perhaps with less mechanical efficiency, than they can be governed by "authorities independent of their will." Given a fair chance, I repeat; for the fair chance is an indispensable prerequisite. No people that passes abruptly from a state of subservience un­der the rule of a despot to the completely unfamiliar state of political independence can be said to have a fair chance of making democratic institutions work. Again, no people in a precarious economic condition has a fair chance of being able to govern itself demo­cratically. Liberalism flourishes in an atmosphere of prosperity and declines as declining prosperity makes it necessary for the government to intervene ever more frequently and drastically in the affairs of its subjects. Over-population and over-organization are two condi­tions which, as I have already pointed out, deprive a society of a fair chance of making democratic institu­tions work effectively. We see, then, that there are certain historical, economic, demographic and techno­logical conditions which make it very hard for Jefferson’s rational animals, endowed by nature with inalienable rights and an innate sense of justice, to exercise their reason, claim their rights and act justly within a democratically organized society. We in the West have been supremely fortunate in having been given our fair chance of making the great experiment in self-government. Unfortunately it now looks as though, owing to recent changes in our circumstances, this infinitely precious fair chance were being, little by little, taken away from us. And this, of course, is not the whole story. These blind impersonal forces are not the only enemies of individual liberty and democratic institutions. There are also forces of another, less ab­stract character, forces that can be deliberately used by power-seeking individuals whose aim is to establish partial or complete control over their fellows. Fifty years ago, when I was a boy, it seemed completely self-evident that the bad old days were over, that torture and massacre, slavery, and the persecution of heretics, were things of the past. Among people who wore top hats, traveled in trains, and took a bath every morning such horrors were simply out of the question. After all, we were living in the twentieth century. A few years later these people who took daily baths and went to church in top hats were committing atrocities on a scale undreamed of by the benighted Africans and Asi­atics. In the light of recent history it would be foolish to suppose that this sort of thing cannot happen again. It can and, no doubt, it will. But in the immedi­ate future there is some reason to believe that the punitive methods of 1984 will give place to the rein­forcements and manipulations of Brave New World.

            There are two kinds of propaganda — rational propa­ganda in favor of action that is consonant with the enlightened self-interest of those who make it and those to whom it is addressed, and non-rational propa­ganda that is not consonant with anybody’s enlight­ened self-interest, but is dictated by, and appeals to, passion. Where the actions of individuals are con­cerned there are motives more exalted than enlight­ened self-interest, but where collective action has to be taken in the fields of politics and economics, enlight­ened self-interest is probably the highest of effective motives. If politicians and their constituents always acted to promote their own or their country’s long-range self-interest, this world would be an earthly paradise. As it is, they often act against their own inter­ests, merely to gratify their least creditable passions; the world, in consequence, is a place of misery. Propa­ganda in favor of action that is consonant with en­lightened self-interest appeals to reason by means of logical arguments based upon the best available evi­dence fully and honestly set forth. Propaganda in fa­vor of action dictated by the impulses that are below self-interest offers false, garbled or incomplete evi­dence, avoids logical argument and seeks to influence its victims by the mere repetition of catchwords, by the furious denunciation of foreign or domestic scape­goats, and by cunningly associating the lowest pas­sions with the highest ideals, so that atrocities come to be perpetrated in the name of God and the most cyni­cal kind of Realpolitik is treated as a matter of reli­gious principle and patriotic duty.

            In John Dewey’s words, "a renewal of faith in com­mon human nature, in its potentialities in general, and in its power in particular to respond to reason and truth, is a surer bulwark against totalitarianism than a demonstration of material success or a devout wor­ship of special legal and political forms." The power to respond to reason and truth exists in all of us. But so, unfortunately, does the tendency to respond to unrea­son and falsehood — particularly in those cases where the falsehood evokes some enjoyable emotion, or where the appeal to unreason strikes some answering chord in the primitive, subhuman depths of our being. In certain fields of activity men have learned to respond to reason and truth pretty consistently. The authors of learned articles do not appeal to the passions of their fellow scientists and technologists. They set forth what, to the best of their knowledge, is the truth about some particular aspect of reality, they use reason to explain the facts they have observed and they support their point of view with arguments that appeal to reason in other people. All this is fairly easy in the fields of physical science and technology. It is much more difficult in the fields of politics and religion and ethics. Here the relevant facts often elude us. As for the meaning of the facts, that of course depends upon the particular system of ideas, in terms of which you choose to interpret them. And these are not the only difficulties that confront the rational truth-seeker. In public and in private life, it often happens that there is simply no time to collect the relevant facts or to weigh their significance. We are forced to act on insufficient evidence and by a light considerably less steady than that of logic. With the best will in the world, we cannot always be completely truthful or consistently rational. All that is in our power is to be as truthful and rational as circumstances permit us to be, and to respond as well as we can to the limited truth and imperfect reasonings offered for our consideration by others.

            "If a nation expects to be ignorant and free," said Jefferson, "it expects what never was and never will be. . . . The people cannot be safe without information. Where the press is free, and every man able to read, all is safe." Across the Atlantic another passionate be­liever in reason was thinking about the same time, in almost precisely similar terms. Here is what John Stuart Mill wrote of his father, the utilitarian philoso­pher, James Mill: "So complete was his reliance upon the influence of reason over the minds of mankind, whenever it is allowed to reach them, that he felt as if all would be gained, if the whole population were able to read, and if all sorts of opinions were allowed to be addressed to them by word or in writing, and if by the suffrage they could nominate a legislature to give effect to the opinions they had adopted." All is safe, all would be gained! Once more we hear the note of eight­eenth-century optimism. Jefferson, it is true, was a realist as well as an optimist. He knew by bitter expe­rience that the freedom of the press can be shamefully abused. "Nothing," he declared, "can now be believed which is seen in a newspaper." And yet, he insisted (and we can only agree with him), "within the pale of truth, the press is a noble institution, equally the friend of science and civil liberty." Mass commu­nication, in a word, is neither good nor bad; it is simply a force and, like any other force, it can be used either well or ill. Used in one way, the press, the radio and the cinema are indispensable to the survival of democracy. Used in another way, they are among the most powerful weapons in the dictator’s armory. In the field of mass communications as in almost every other field of enterprise, technological progress has hurt the Little Man and helped the Big Man. As lately as fifty years ago, every democratic country could boast of a great number of small journals and local newspapers. Thousands of country editors expressed thousands of independent opinions. Somewhere or other almost anybody could get almost anything printed. Today the press is still legally free; but most of the little papers have disappeared. The cost of wood-pulp, of modern printing machinery and of syndicated news is too high for the Little Man. In the totalitarian East there is political censorship, and the media of mass communication are controlled by the State. In the democratic West there is economic censorship and the media of mass communication are controlled by members of the Power Elite. Censorship by rising costs and the concentration of communication power in the hands of a few big concerns is less objectionable than State ownership and government propaganda; but certainly it is not something of which a Jeffersonian democrat could possibly approve.

            In regard to propaganda the early advocates of uni­versal literacy and a free press envisaged only two possibilities: the propaganda might be true, or it might be false. They did not foresee what in fact has happened, above all in our Western capitalist democra­cies — the development of a vast mass communications industry, concerned in the main neither with the true nor the false, but with the unreal, the more or less totally irrelevant. In a word, they failed to take into account man’s almost infinite appetite for distractions.

            In the past most people never got a chance of fully satisfying this appetite. They might long for distrac­tions, but the distractions were not provided. Christmas came but once a year, feasts were "solemn and rare," there were few readers and very little to read, and the nearest approach to a neighborhood movie theater was the parish church, where the per­formances, though frequent, were somewhat monoto­nous. For conditions even remotely comparable to those now prevailing we must return to imperial Rome, where the populace was kept in good humor by frequent, gratuitous doses of many kinds of entertain­ment — from poetical dramas to gladiatorial fights, from recitations of Virgil to all-out boxing, from con­certs to military reviews and public executions. But even in Rome there was nothing like the non-stop dis­traction now provided by newspapers and magazines, by radio, television and the cinema. In Brave New World non-stop distractions of the most fascinating nature (the feelies, orgy-porgy, centrifugal bumble-puppy) are deliberately used as instruments of policy, for the purpose of preventing people from paying too much attention to the realities of the social and polit­ical situation. The other world of religion is different from the other world of entertainment; but they resem­ble one another in being most decidedly "not of this world." Both are distractions and, if lived in too con­tinuously, both can become, in Marx’s phrase, "the opium of the people" and so a threat to freedom. Only the vigilant can maintain their liberties, and only those who are constantly and intelligently on the spot can hope to govern themselves effectively by demo­cratic procedures. A society, most of whose members spend a great part of their time, not on the spot, not here and now and in the calculable future, but some­where else, in the irrelevant other worlds of sport and soap opera, of mythology and metaphysical fantasy, will find it hard to resist the encroachments of those who would manipulate and control it.

            In their propaganda today’s dictators rely for the most part on repetition, suppression and rationaliza­tion — the repetition of catchwords which they wish to be accepted as true, the suppression of facts which they wish to be ignored, the arousal and rationaliza­tion of passions which may be used in the interests of the Party or the State. As the art and science of manip­ulation come to be better understood, the dictators of the future will doubtless learn to combine these tech­niques with the non-stop distractions which, in the West, are now threatening to drown in a sea of irrele­vance the rational propaganda essential to the mainten­ance of individual liberty and the survival of demo­cratic institutions.

 

Propaganda bajo una dictadura

Pergamino publicado en: Un Mundo Feliz

Estoy haciendo un trabajo para clase, para la asignatura de "Comunicación 1", y el profesor nos dio como tema de trabajo el papel actual de la comunicación, y el análisis de la comunicación en una dictadura así como en una democracia. Intentando buscar escritos sobre los que fundamentar mis palabras, llegué a este extracto del libro "Brand New World Revisited", de Aldous Huxley, famoso escritor por su (espero que) conocida obra (por quienes me lean).

 A ver si ace pensar a alguien más que no simplemente a mí misma.

 

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PROPAGANDA BAJO UNA DICTADURA

Brave New World Revisited, Capítulo V

Por Aldous Huxley 

En el proceso a que fue sometido después de la Segunda Guerra Mundial, Albert Speer, el ministro de Armamentos de Hitler, pronunció un largo discurso en el que, con notable sagacidad, describió la tiranía nazi y analizó sus métodos. "La dictadura de Hitler -dijo- difirió en un punto fundamental de todas sus predecesoras en la historia. Fue la primera dictadura del presente periodo de desarrollo técnico moderno, una dictadura que hizo un uso completo de todos los medios técnicos para la dominación de su propio país.

Mediante elementos técnicos como la radio y el alto-parlante, ochenta millones de personas fueron privadas del pensamiento independiente. Es así como se pudo someterlas a la voluntad de un hombre… Los dictadores anteriores habían necesitado colaboradores muy calificados hasta en el más bajo de los niveles, hombres que pudieran pensar y actuar con independencia. En el periodo del desarrollo técnico moderno, el sistema totalitario puede prescindir de tales hombres; gracias a los modernos métodos de comunicación, es posible mecanizar las jefaturas de los grados inferiores. Como consecuencia de esto, ha surgido el nuevo tipo de recibidor de órdenes sin espíritu crítico".

En el Mundo Feliz de mi fábula profética, la tecnología había avanzado mucho más allá del punto que había alcanzado en los días de Hitler; consiguientemente, los recibidores de órdenes tenían mucho menos sentido crítico que sus colegas nazis y obedecían mucho más al escogido grupo de donde las órdenes partían. Además, habían sido uniformados genéticamente y condicionados postnatalmente para que cumplieran sus funciones subordinadas, y cabía confiar, por tanto, en que se comportaran en forma casi tan previsible como se comportan las máquinas.

Como veremos en un capítulo posterior, este acondicionamiento de las "jefaturas de los grados inferiores" está ya en marcha en las dictaduras comunistas. Los chinos y los rusos no se limitan a confiar en los efectos indirectos de la tecnología creciente; trabajan directamente en los organismos psicofísicos de sus dirigentes subalternos, sometiéndolos, en mentes y cuerpos, a un sistema de implacable y, desde todos los puntos de vista, muy efectivo acondicionamiento. "Muchos hombres -dijo Speer-se han sentido obsesionados por la pesadilla de que llegue un día en que las naciones puedan ser dominadas por medios técnicos. Esta pesadilla casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler". Casi, pero no completamente. Los nazis no tuvieron tiempo -y tal vez no tuvieron la inteligencia ni el necesario conocimiento-para lavar cerebralmente y acondicionar a sus dirigentes subalternos. Cabe que sea esta una de las razones de su fracaso.

Desde los tiempos de Hitler, el arsenal de elementos técnicos a disposición de un presunto dictador ha aumentado mucho. Además de la radio, el altoparlante, la cámara cinematográfica y la prensa rotativa, el propagandista contemporáneo puede utilizar la televisión para difundir la imagen de su cliente al mismo tiempo que su voz y puede registrar tanto la imagen como la voz en carretes de cinta magnética.

Gracias al proceso tecnológico, el Gran Hermano puede actualmente ser casi tan ubicuo como Dios. Y no es solamente en el frente técnico donde los brazos del presunto dictador se han fortalecido. Se ha trabajado mucho desde la época de Hitler en esos campos de la psicología y la neurología aplicadas que son el dominio especial del propagandista: el [a]doctrinante y lavador de cerebros. En lo pasado, estos especialistas en el arte de cambiar mentalmente a la gente eran empíricos. Con el método de ensayo y error, elaboraron cierto número de técnicas y procedimientos y los utilizaron con mucha eficacia, aunque no supieran con precisión por qué eran eficaces.

Actualmente, el arte de gobernar las mentes ajenas lleva camino de convertirse en ciencia. Quienes practican esta ciencia saben lo que están haciendo y por qué lo hacen. Tienen como guías de su tarea teorías e hipótesis que han quedado sólidamente establecidas sobre macizos cimientos de pruebas experimentales. Gracias a las nuevas percepciones y a las nuevas técnicas que estas percepciones permiten, la pesadilla que "casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler" puede hacerse antes de mucho completamente realizable. Pero, antes de examinar estas nuevas percepciones y técnicas, echemos una mirada a la pesadilla que casi se convirtió en realidad en la Alemania nazi. Cuáles fueron los métodos que utilizaron Hitler y Goebbels para "privar a ochenta millones de personas del pensamiento independiente y someterlas a la voluntad de un hombre"? Y, cuál fue la teoría de la naturaleza humana sobre la que se basaron estos métodos terriblemente eficaces? Estas preguntas pueden ser contestadas, en su mayor parte, con las propias palabras de Hitler. Y qué palabras más claras y astutas son!

Cuando escribe acerca de esas vastas abstracciones como Raza, Historia y Providencia, Hitler es estrictamente ilegible. Pero, cuando escribe acerca de las masas alemanas y de los métodos que utilizó para dominarlas y dirigirlas, su estilo cambia. La insensatez cede el sitio al buen sentido y las jactancias a una lucidez dura y cínica. En sus lucubraciones filosóficas, Hitler se limitaba a soñar despierto o a reproducir las nociones a medio cocinar de otras personas. En sus comentarios sobre las multitudes y la propaganda, escribía de cosas que conocía por una experiencia inmediata. Según las palabras de su biógrafo más capaz, el señor Alan Bullock, "Hitler fue el más grande demagogo de la historia. Quienes añaden ’sólo un demagogo’, no tienen en cuenta la naturaleza del poder político en la era de la política de masas. Como él mismo dijo, ser un jefe significa ser capaz de mover a las masas".

La finalidad de Hitler era en primer lugar mover a las masas y, luego, una vez apartadas las masas de sus fidelidades y su moral tradicionales, imponerles (con el hipnotizado consentimiento de la mayoría) un nuevo orden autoritario de [su] creación personal. Hermann Rauschning escribió en 1939: "Hitler tenía un profundo respeto por la Iglesia católica y la orden de los jesuitas; no a causa de su doctrina cristiana, sino a causa de la maquinaria que habían elaborado y dirigían, de su sistema jerárquico, de sus tácticas en extremo inteligentes, de su conocimiento de la naturaleza humana y de su sabio empleo de las debilidades humanas para gobernar a los creyentes".

Clericalismo sin cristianismo, la disciplina de una orden monástica, no en aras de Dios o para el logro de la salvación personal, sino en aras del Estado y para la gloria y el poder del demagogo convertido en Jefe: tal fue la meta a donde debía dirigirse el sistemático desplazamiento de las masas.

Veamos qué pensaba Hitler de las masas que movía y cómo lograba moverlas. El primer principio del que partía era un juicio de valoración: las masas son merecedoras de un desprecio absoluto. Son incapaces de todo pensamiento abstracto y se desinteresan de cuanto esté fuera del círculo de su experiencia inmediata. Su comportamiento está determinado no por el conocimiento y la razón, sino por los sentimientos e impulsos inconscientes. Es en estos impulsos y sentimientos donde "están las raíces de sus actitudes, positivas o negativas". Para triunfar, un propagandista debe aprender el manipuleo de estos instintos y emociones.

"La fuerza impulsora que ha provocado las más tremendas revoluciones en el mundo nunca ha sido un cuerpo de doctrina científica que haya conquistado a las masas, sino invariablemente, una devoción que las ha inspirado y, con frecuencia, una especie de histeria que las ha arrastrado a la acción. Quien desee conquistar a las masas debe saber dónde está la llave que ha de abrir la puerta de sus corazones". En la jerga postfreudiana, la puerta de su inconsciente.

Hitler atrajo especialmente a aquellos miembros de las capas inferiores de la clase media, que habían sido arruinados por la inflación de 1923 y, arruinados por segunda vez por la depresión de 1929 y de los años siguientes. Las "masas" de las que Hitler habla son esos millones de seres perplejos, frustrados y crónicamente angustiados. Para hacerlos más masa todavía, más homogéneamente subhumanos, los reunía, por miles y decenas de miles en vastos locales y estadios, donde el individuo podía perder su identidad personal y hasta su humanidad elemental y quedar fusionado con la multitud. Un hombre o una mujer establecen contacto directo con la sociedad de dos modos: como miembro de algún grupo familiar, profesional o religioso, o como miembro de una multitud. Los grupos pueden ser tan morales e inteligentes como los individuos que los forman; una multitud es caótica, no tiene propósitos propios y es capaz de cualquier cosa, salvo de acción inteligente y de sentido realista. Reunidas en una multitud, las personas pierden su poder de razonamiento y su capacidad de opción moral. Se hacen más sugestionables hasta el punto de que dejan de pensar o querer por cuenta propia. Se excitan muchísimo, pierden todo sentido de la responsabilidad individual o colectiva y suelen tener repentinos accesos de rabia, entusiasmo y pánico. En pocas palabras, un hombre en una multitud se comporta como si hubiese ingerido una fuerte dosis de algún poderoso tóxico. Es víctima de lo que yo he denominado "envenenamiento de rebaño". Como el alcohol, el veneno de rebaño es una droga activa, extrovertida. El individuo con embriaguez de multitud escapa de la responsabilidad, la inteligencia y la moral y entra en una especie de irracional animalidad frenética.

Durante su larga carrera de agitador, Hitler había estudiado los efectos del veneno de rebaño y aprendido cómo explotarlos para sus propios fines. Había descubierto que el orador puede apelar a esas "fuerzas ocultas" que motivan los actos de los hombres con mucha más eficacia que el escritor. Leer es una actividad privada, no colectiva. El escritor habla únicamente a individuos, instalados a solas, en un estado de sobriedad normal. El orador habla a masas de individuos, ya muy afectados por el veneno de rebaño.

Son gente a la merced del orador y, si este conoce su oficio, puede hacer con ellos lo que quiera. Como orador, Hitler conocía su oficio maravillosamente bien. Podía, según sus propias palabras: "Dejarse guiar por la gran masa de tal modo que la emoción viva de sus oyentes le sugería la palabra apta que necesitaba, palabra que a su vez iba [directamente] al corazón del auditorio". Otto Strasser llamó a Hitler "un altoparlante que proclamaba los deseos más secretos, los instintos menos admisibles, los padecimientos y revueltas personales de toda una nación".

Veinte años antes de que Madison Avenue se lanzara a la "investigación de las motivaciones", a la llamada motivational research, Hitler estaba ya explorando y explotando sistemáticamente los miedos y esperanzas secretos, las aspiraciones, las angustias y las frustraciones de las masas alemanas. Es manipulando "fuerzas ocultas" como los peritos en publicidad nos inducen a comprar sus mercancías: una pasta de dientes, una marca de cigarrillos, un candidato político. Y fue acudiendo a las mismas fuerzas ocultas -y a otras demasiado peligrosas para que la Madison Avenue recurra a ellas- como Hitler indujo a las masas alemanas a que se compraran un Führer, una insana filosofía y la Segunda Guerra Mundial.

En contraste con las masas, los intelectuales tienen afición a la racionalidad e interés por los hechos. Su hábito mental crítico los hace resistentes a la clase de propaganda que funciona también sobre la mayoría.

Entre las masas "el instinto es supremo y del instinto surge la fe… Mientras la sana gente común estrecha instintivamente sus filas para formar la comunidad de un pueblo (bajo un Jefe, sobra decirlo), los intelectuales van de un lado a otro, como gallinas en un gallinero. Con ellos no se puede hacer historia; no pueden ser utilizados como elementos componentes de una comunidad".

Los intelectuales son esa clase de gente que reclama pruebas y se escandaliza con las incoherencias y falacias lógicas. Ven en la simplificación excesiva el pecado original de la inteligencia y no saben qué hacer con los lemas, los asertos no calificados y las generalizaciones radicales que son la mercancía del propagandista.

Hitler escribió: "Toda propaganda efectiva debe limitarse a unas cuantas necesidades desnudas y expresarse luego en unas cuantas fórmulas estereotipadas". Estas fórmulas estereotipadas deben ser repetidas constantemente, porque "sólo la repetición constante logrará finalmente grabar una idea en la memoria de una multitud". La filosofía nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes. La propaganda, en cambio, nos enseña a aceptar como evidentes cosas sobre las cuales sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas. La finalidad del demagogo es crear la cohesión social bajo su propia jefatura. Pero, como Bertrand Russell ha señalado, "Los sistemas dogmáticos sin cimientos empíricos, como el escolasticismo, el marxismo y el fascismo, tienen la ventaja de producir una considerable cohesión social entre sus discípulos". El propagandista demagógico debe, por tanto, ser consecuentemente dogmático. Todas sus declaraciones deben hacerse sin calificación alguna.

No hay grises en su cuadro del mundo: todo es diabólicamente negro o celestialmente blanco. Como dijo Hitler, el propagandista debe adoptar "una actitud sistemáticamente unilateral frente a cualquier problema que aborde". Nunca debe admitir que tal vez esté equivocado o que las personas con una opinión distinta tal vez tengan parcialmente [la] razón. No se debe discutir con los adversarios. Hay que atacarlos, callarlos a gritos o, si molestan demasiado, liquidarlos. El intelectual, moralmente remilgado, tal vez se escandalice de una cosa así. Pero las masas siempre están convencidas de que "el derecho está de parte del agresor activo".

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Tal era, pues, la opinión que tenía Hitler de la humanidad como masa. Era una opinión muy baja. ¿Era también una opinión inexacta? El árbol suele ser conocido por sus frutos y una teoría de la naturaleza humana que inspiró técnicas que demostraron tan horriblemente su eficacia debe contener por lo menos un elemento de verdad. La virtud y la inteligencia pertenecen a los seres humanos como individuos que se asocian libremente con otros individuos en pequeños grupos. Otro tanto sucede con el pecado y la estupidez. Pero la necesidad subhumana a la que el demagogo recurre y la imbecilidad moral en la que confía cuando aguijonea a sus víctimas para que entren en acción son características, no de los hombres y mujeres como individuos, sino de los hombres y mujeres en masas. La necedad y el idiotismo moral no son atributos característicamente humanos: son síntomas del envenenamiento de rebaño. En todas las religiones superiores del mundo, la salvación y la iluminación son para los individuos. El reino de los cielos está dentro del espíritu de una persona, no dentro del espíritu colectivo de una multitud. Cristo prometió estar presente allí donde dos o tres se congregaran.

No dijo nunca que estaría presente donde miles se estuvieran intoxicando mutuamente con el veneno de rebaño. Bajo los nazis, muchedumbres enormes se veían obligadas a pasar una enorme cantidad de tiempo marchando en apretadas filas del punto A al punto B y de nuevo al punto A.

Hermann Rauschning añade: "Esta manera de mantener a toda una población en marcha pareció un insensato derroche de tiempo y energía.

Sólo mucho después se reveló en ella una sutil intención basada en una bien calculada adaptación de medios afines. La marcha evita que los hombres piensen. La marcha mata el pensamiento. La marcha pone término a la individualidad. La marcha es el indispensable toque mágico que acostumbra a la gente a una actividad mecánica y casi ritual, a una actividad que acaba convirtiéndose en una segunda naturaleza".

Desde su punto de vista y en el nivel en que decidió hacer su espantoso trabajo, Hitler acertó perfectamente en su estimación de la naturaleza humana. Para quienes ven en los hombres y mujeres individuos, más que miembros de una multitud o de colectividades uniformadas, estuvo odiosamente equivocado. ¿Cómo podemos preservar la integridad del individuo humano y reafirmar su valor en la época de un exceso de población y un exceso de organización que se están acelerando, y de unos medios de comunicación en masa cada vez más eficientes? Es una pregunta que cabe hacer todavía y que tal vez pueda ser efectivamente contestada. Transcurrida otra generación, tal vez será demasiado tarde para contestarla y tal vez imposible, en el sofocante clima colectivo de ese tiempo futuro, hasta simplemente formularla.

Traducción de Luys Santa María.

* Tomado de Brave New World Revisited ("Retorno a un Mundo Feliz"), Capítulo V, 1958, publicado originalmente en web por http//:www.rebelion.org






















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